miércoles, 27 de junio de 2007

El sembrador de huarangos



nuevo nuevo nuevo nuevo nuevo nuevo nuevo nuevo

Un hombre vive en el desierto sin más compañía que Rayo, -su perro- y sus huarangos. Una ficción que describe el mundo de los carboneros iqueños que arrasan con los maravillosos bosques de este algarrobo del sur.


Editado por Antares, artes y letras. Lima, 2007. Pedidos: antares@perucultural.org.pe

La comedia del desierto. PEISA, Lima,2002.


martes, 26 de junio de 2007

umbral
revista del conocimiento y la ignorancia.
Directores: Alberto Benavides G./ Rodrigo Núñez Carvallo.
Pedidos: antaresayl@terra.com.pe / antares@perucultural.org.pe.
Puede consultarse la versión digital en : http://umbral.perucultural.org.pe


Acuarela. Arco de la Indapendencia, Huamanga.20x30 cm

La noche interminable


Un día de julio de 1999, desperté a las diez de la mañana, como de costumbre. Prendí un pucho y comprobé la hora en mi reloj. Me restregué los ojos y deduje que el sabor amargo de mi boca provenía de los muchos alcoholes de la noche anterior. Me levanté y abrí las cortinas de las ventanas de mi habitación del hotel América. Quedé consternado cuando descubrí que el sol no había salido. No era que la lluvia o las nubes ocultaran los rayos solares. No. El sol no había aparecido por el levante. Asustado salí a la calle. La multitud corría desconcertada y se refugiaba en las iglesias. Los soldados se apostaban en las esquinas y las tiendas no habían abierto. Hasta el sol se ha declarado en huelga, oí decir a un borracho que andaba de boleto. Llegué a la plaza de armas y observé atónito a miles de personas que elevaban sus plegarias en medio de un descomunal desorden. Todo parecía consumado. Para qué rezar, pensé, si ya tantos lo hacen. Me senté en una grada de la prefectura e intenté comprender como sería mi fin. El frío se iría incrementando con el paso de las horas. Hordas de pobladores saquearían los mercados y ejércitos de muchachos destruirían puertas y ventanas, en busca de leña para calentarse. Los niños se matarían por un pan. Las plantas dejarían de realizar su función clorofílica. Ni siquiera veríamos la luz reflejada de la Luna. El mundo sería una noche interminable.
Hacia el atardecer —es un decir, porque ya nada se ocultaba en el poniente—, el obispo Cipriani se dejó ver en el atrio de la catedral y, con lágrimas en los ojos, pidió resignación a la feligresía en pánico. Inmediatamente salieron en procesión el Cristo de la Agonía y la Dolorosa por la calle Asamblea. A la luz de muchos cirios encendidos, comprobé que los dioses solo servían para conjurar el miedo a la muerte. En medio de mi agnosticismo, me rebelé ante esta idea y me devané la tutuma intentando encontrar una solución para esta desgracia cósmica. Si el reloj de este sistema estelar había colapsado, debería existir una manera de contrarrestar el caos que se avecinaba.
Al nuevo amanecer —es otro decir, porque desaparecieron albas y crepúsculos—, los llantos y los gritos se acallaron. Sobre la ciudad se abatió un silencio profundo, solo roto por lamentos de clemencia.
Conversando con Obed Villavicencio —a la sazón cachimbo de la San Cristóbal—, se me prendió la lucecita. ¿Y si creáramos miles de soles artificiales? ¿Te imaginas? ¿Piensas acaso falsificar dinero? No, huevas. Hablo de campos de maíz alumbrados por los postes de la calle. Nada de consumo doméstico de electricidad bajo pena de arresto. Todos los ticos y los micros convertidos en grandes calefactores. Inmensas lámparas en las punas para producir granos y tubérculos, y para que no se mueran las alpacas con las temperaturas de menos 50 grados celsius. Yo creo que la hacemos, Obed.
Nada que ver, Rodrigo. Obed, muchacho avispado, me hizo ver inmediatamente las limitaciones de mi pensamiento. Hay un gran problema. ¿De dónde sacamos la corriente? ¿Tú crees que seguirá funcionando la hidroeléctrica del Mantaro? Ni hablar. Además de las tinieblas, habrá sequías y los océanos retrocederán. Una terrible glaciación. Un brutal enfriamiento. Igualito al recalentamiento global pero al revés. El ciclo del agua se interrumpirá. Los bosques de la Amazonía dejarán de ser los pulmones del planeta. No habrá evaporación, ni nubes, ni nada. Un invierno perpetuo. Puta, que nos jodimos, cholo. Los casquetes polares se extenderán hasta los trópicos. Las nieves del Rasuwilka llegarán hasta el mirador de Acuchimay.
Mi pensamiento hace un crac y me pongo a pensar en los relojes. Observo mi casio bamba. Pienso en tirarlo, pero Obed me explica que es nuestra única referencia temporal. Me guardé el reloj en el bolsillo.
Solo nos queda huir hacia adelante. Obed hizo el cálculo de cuánta gente podría salvarse si nos apropiábamos de toda la madera del planeta. Diez mil personas podrían sobrevivir durante cinco meses. Si encima nos apropiáramos de todas las reservas petrolíferas unos diez años. Veinte, si redujéramos la población a solo cinco mil personas, siempre y cuando se tratara de hombres disciplinados y talentosos. Obed tomó su flamante celular y se comunicó con un suizo de la cooperación internacional. Mi amigo cerró su fonoladrillo y esbozó una sonrisa. Rodrigo, hay una posibilidad entre millones para que nos seleccionen dentro del grupo de los elegidos. Yo, como futuro especialista en camélidos sudamericanos, y tú, como editor de revistas. Seremos parte de los cinco mil privilegiados de Survival International Group. En Suiza ya están designando a los cinco mil patas imprescindibles para que nuestra especie resista la extinción del sol.
Estaba en estas disquisiciones cuando tocaron a mi puerta. Era Alberto, que me buscaba para que escuchara su clase sobre Platón. Una sensación de alivio recorrió mi cerebro alborotado. Me has interrumpido una horrible pesadilla, gracias. Eso te pasa por levantarte tarde. Haragán, ocioso, vaca podrida. Miré de nuevo mi reloj. Seguían siendo las once. ¿De la mañana o de la noche? Lo agité. El secundero estaba paralizado desde hacía horas. Luego, comenzó a rotar con cierta parsimonia. Me lo arranqué de la muñeca. Reloj de mierda, murmuré. Respiré hondo y me alegré de que nada de lo soñado fuera cierto. Inmediatamente le conté mi sueño a Alberto. No quería que se me olvidara. Alberto me escuchó con atención. Está lindo para un cuento. Sigue, sigue. Saca todas las conclusiones. Métele más acción. Te puede salir de la puta madre.
Durante días me senté en la computadora tratando de poner por escrito la historia de mi sueño. Cuando le leí el cuento ya escrito a Alberto, grande fue mi desilusión. Mejor estaba cuando me lo contaste. Es muy obvia tu metáfora de Huamanga y la muerte del sol. Pero qué puedo hacer. Algo del alma de los huamanguinos se ha colado en mi sueño. Es lógico. En 1999 todavía se respiraba acá un clima de terror y de muerte.
¿Dónde estará aquel cuento que entonces escribí? Nunca más lo encontré, pero algo de él quedó en mi inconsciente. Esta madrugada, el mismo sueño me persiguió. Al despertar, sentí que la desaparición del sol tenía otro significado. La noche interminable era la ignorancia y la falta de conocimiento. Qué bruto. Platón lo plantea así en el quinto libro de la República. El saber es como una bengala. Como un sol, como el día. Entonces comprendí que mi cuento estaba redondo y elíptico. Despierta, carajo. Me vas a hacer perder mi clase.

Nueva publicación de Antares

El sembrador de huarangos

Siempre me intrigaron los desiertos. No tenía más de veinte años cuando un día me alejé de la carretera y me eché a andar cargando una mochila, varias cantimploras, y un montón de chocolates. Recorrí enormes pampas, tablazos sin fin, soledades inmensas. Al tercer día me encontré huyendo del paisaje y de la fatiga. Al filo de la noche logré acampar entre los restos de una huaca, y comprobé que me había que-dado sin agua. Era preciso con-seguirla a cualquier precio.

Antes del alba reanudé la marcha. Después de cinco horas, seguía sin encontrar ni una gota de agua. Seguí ca-minando sin muchas espe-ranzas pero con una dirección precisa, que no me llevaba a ninguna parte. Cada vez que miraba a mi alrededor ob-servaba la misma sequedad, los mismos parajes mustios. Consulté mi brújula y miré al ocaso. De pronto, divisé una pequeña silueta negra, que tomé por el tronco de un huarango. Apuré el paso a pesar de mi cansancio. A unos cien metros me di con la sorpresa de que se trataba de un pastor. Junto a él, unas treinta cabras y ovejas descansaban sobre las piedras. Más atrás un perro dormía, aprovechando el fresco de la tarde.

El hombre me dio de beber de una calabaza y después de caminar un buen trecho llega-mos a su vivienda, entre las faldas de una lomada. La casa de piedra y quincha estaba sombreada por unos grandes huarangos. Los corrales, hechos de cañas, lucían ordenados y pulcros. En el centro de la arboleda había una surgencia natural que proporcionaba un agua clara y transparente. Me mojé la cabeza y seguí be-biendo.

Cuando entré en su casa, me sorprendió que los platos y la rústica mesa estuvieran limpios. La cama lucía tendida y había algunos libros en un estante. También reparé en su ropa. El pantalón tenía grandes re-miendos, pero se notaba recién lavado. Al cabo de un rato, mi hospitalario amigo reavivó la llama del fogón y compartió su sopa. Casi sin hablar fue to-mándola. Luego, preparó unos panes con queso y me dio a escoger entre las frutas que había en una canasta. Cuando le ofrecí un cigarrillo me dijo que no fumaba. Enseguida llenó el tazón del perro y este se acercó con parsimonia. Rayo, tan silencioso como su amo, era amistoso pero no servil.

El sol se ocultó bruscamente y ambos dimos por sentado que me quedaría a pasar la noche. El poblado más cercano estaba a un día de camino y solo eran chozas de carboneros que vivían en la penuria más absoluta. Armados de motosierras, arra-saban los bosques de huarango y luego vendían su cargamento a una mafia de camioneros, que distribuía el carbón entre las pollerías de Lima. La tala des-pertaba las ambiciones más desmesuradas. Excitados por el licor, rivalizaban por un pedazo de bosque o unos sacos de leña, y llegaban hasta el crimen para dirimir sus disputas. Y los ventarrones aumentaban la zo-zobra y dicen que atacaban los nervios.
El pastor prendió su petromax y vertió un cerro de vainas de huarango sobre la mesa. A la luz del lamparín, comenzó a ob-servarlas una por una, se-parando las mejores, las más grandes y relucientes. Pasaron largos momentos y no cruzamos palabra. Le ofrecí ayuda. Cor-dialmente, me respondió que ese era su trabajo y en vista de la concentración con que se entregaba a su tarea, no insistí. Luego rompió la cáscara de las vainas y extrajo las semillas duras y ovaladas. Volvió a se-leccionarlas y fue contándolas. Cuando hubo terminado de reunir mil semillas perfectas, puso fin a su labor y me preparó un rincón. Allí tendí mi saco de dormir

jueves, 14 de junio de 2007

Visión en Ayahuasca

Acuarela 30x40cm

"El río Ucayali"

Acrílico sobre canvas 30x120cm

Novela de celuloide (fragmento)

Odio el arte simbólico en el que la representación pierde todo movimiento espontáneo para convertirse en máquina, en mera alegoría.
Luigi Pirandello. Prefacio a seis personajes en busca de autor.
El cine es la escritura de las imágenes
Georges Bazin, fundador de Cahiers du Cinemá

Capitulo uno
Eres un desperdiciado. Ésas fueron las últimas palabras de Cristina cuando me fui de la casa. Desperdicio, basura, todo lo que no sirve o ya se echó a perder. Perderse, seguro que yo estaba perdido. De acuerdo, Cristina. Soy un desperdiciado. No tengo nada que hacer al lado de una mujer tan sensata y triunfadora. Me voy. Quédate con todo, no me importa. Quédate con la casa, con la chacra, con los muebles, y con la cebichería que pusimos juntos. Sólo quiero mi vieja camioneta y mi libertad para seguir fracasando. Y ver a mi hijo cuando me dé la gana.
Aquel ciclo maldito de desamor, rabia y desamparo tenía que ser roto. Antes de tirar la puerta mis ojos se detuvieron en la mochila roja de Ramón. Arrancarme. Sí, ésa era la voz. Dos días después me encontraba en una comunidad shipiba con la misma mochila infantil, buscando a un shamán en medio de un ataque furioso de zancudos vespertinos. No fue difícil dar con su cabaña porque era la más grande de todas. Le dije entonces que quería tomar ayahuasca y rápidamente convenimos en la hora: una vez que anocheciera. Cuando volví el maestro Miguel Rengifo estaba recién bañado y envuelto en un enorme cushma blanca. Su pelo chuto negrísimo caía de costado sobre su nariz aguileña, ocultando uno de sus ojos rasgados. Pidió cigarros y un poco de aguardiente. Había luna llena.
Sírvame un poquito más, maestro. Todavía no siento mucha mareación. Creo que como soy grandazo necesito una dosis más potente. Rengifo entonces me ofreció otro vaso, y me dieron unas ganas indescriptibles de cagar. Salí a la noche iluminada y un sendero me condujo a la letrina. No estuve mucho rato en posición de cuclillas, pero en aquellos minutos me sentí feliz de pertenecer a este planeta, bañado por la luz de su satélite.
Seguro tienes mal de amores, me dijo cuando me instalé de nuevo bajo el mosquitero de su maloca. Si ves tigres o anacondas no te asustes, me alertó. Son tus miedos. Es un viaje, déjate llevar por él, que al final, ya no serás el mismo. Algo de ti se ha perdido, pero algo encontrarás que no buscabas.

Llevado por la suave mareación no sentí temor alguno. Mas bien la visión comenzó a pasar delante de mi mente como si fueran paisajes en movimiento, verdes, azules y violetas, encajes, velos que insinuaban otras realidades detrás de los colores, una impalpable transparencia de innumerables significados. Corrieron las horas y yo seguía empeñado en descifrar la clara verdad qué surgía entre las bobinas de la mareación. Como si se proyectaran múltiples películas sobre el mismo écran, teniendo como fondo musical los ícaros que cantaba el maestro. Después intenté dormir. Vano esfuerzo. Las visiones se fueron desvaneciendo lentamente con las horas y cuando acabaron me dieron ganas de partir.
Me subí en la primera combi que encontré. Pero antes de partir le di cien lucas a Rengifo. Asombrado, en medio de su modestia, entró brevemente a su cabaña y me regaló una bolsa de tela pintada. Dentro había un frasco. Le extendí la mano y me despedí. Él me abrazo. Yo no conozco Lima, amigo Rafael. Te voy a ir a visitar.
En Pucallpa me tomé un barco. Durante seis días me dejé arrullar en mi hamaca por el culebrear incesante del Ucayali, recordando las tonalidades del ayahuasca. Azules, verdes y lilas. Vivos colores que se encaramaban en los árboles y nos empequeñecían como hombres. Hasta el cuerpo del delfín rosado, que esporádicamente surgía del agua, parecía extraído de la misma visión tornasolada. Solo al atardecer percibí que los verdes cedían y después se extinguían bruscamente. Era la hora de subirme al techo de la cabina de mando, casi encima de la proa, y contemplar la oscuridad salpicada de grillos, estrellas y esporádicos balazos, que el capitán lanzaba al cielo para alejar a los piratas del río.
El día de San Juan acoderamos en Contamana. El barco atraca en el muelle y subimos a celebrar con los lugareños. Fuanes, ríos de cerveza, y explosiones de cumbia amazónica. A la mañana siguiente entramos al canal de Panaihua. Los cursos de agua se ensanchan, avanzan y retroceden. Los brazos de río y las cochas se multiplican. Finalmente el Ucayali y el Marañón se abrazan para formar el Amazonas y el gigantesco torrente aquieta nuestros espíritus. Estamos suspendidos en las aguas de la vida. Casi no hablamos, ni comemos, ni hacemos nada. Solo sortear las dilatadas horas del trópico.
Una mañana, el ulular de sirenas y los gritos de los estibadores, me arrancan de mi verde y sudoroso letargo. Hago el trayecto del puerto a la ciudad de Iquitos en una mototaxi y encuentro a todo el mundo alborotado. Werner Herzog ha ocupado la ciudad para filmar Fitzcarraldo y trae a una sarta de estrellas famosas. Entre los azulejos de la prefectura uno puede encontrarse con la vaporosa y otoñal Claudia Cardinale, mientras Mick Jagger se droga en todas las cantinas de la calle Putumayo. Cada gringo viejo que sale de la casa de fierro se me alucina Jason Robards, el actor que hará de cauchero y amante de la ópera.
Me encuentro con Jorge Vignati, que es el director de fotografía, en un bar de la plaza. Salud Jorge, Salud Rafael. Vamos ahorita al hotel y te presento al encargado del casting. El tipo me toma fotos. Me coloca un sombrero en la cabeza. Me pone dos chimpunes de utilería al cinto. Podría volver mañana, me pide en un pésimo castellano. Al día siguiente ya estoy convertido en el guardaespaldas de Fitzcarraldo, es decir de Robards. Al rato me presentan a Werner Herzog. Me dice que no hay guión escrito pero que la película está en su cabeza. Y que cada mañana le dicta a la script las escenas que quiere filmar. En un inglés marcial me ruega: Give me the best of your self.
En el comedor del Hotel de Turistas me sientan junto a Jason Robards. Hablamos del tiempo. Cómo hacer otra cosa si llueve a cántaros desde hace dos días. Afable, parco y melancólico, Robards parece asustado por la ferocidad del paisaje y los miles de kilómetros que lo separan de su casa. Para tranquilizarlo le cuento historias de la selva, que alguna vez le escuché de niño a mi abuelo portugués. Durante los largos descansos me exige más historias. A little bit more, repite.
Me siento importantísimo. Aunque no digo una palabra, porque no tengo ningún parlamento. A la semana Jason Robards es mi yunta y la Cardinale me saca a bailar cada vez que se arma la juerga, lo que es muy frecuente. Me gustan los hombres grandes, me confiesa una noche. Tenemos nuestros arrumacos, pero es una lástima que ya no sea la Claudia de mi juventud. Teme estar desnuda con la luz prendida y tapa la celulitis con el satén y las blondas. Caro Rafo, io sono una donna miglionaria y bella. Tu un ragazzo sin ofizzio ni benefizzio. La combinazione perfecta. Termino huyendo de su acoso durante todo el rodaje. Y encima está Mick Jagger tarareando satisfaction con los ojos vidriosos y lleno de muecas. Todas las madrugadas toca mi puerta y siempre pide trago o un par de chutes. Me vuelvo imprescindible para el jefe de los Rollings y para Herzog. Necesito a ese peruviano que arregla todo con pita, dice el director cada vez que el rodaje se interrumpe, porque la grúa se jode o el dolly se atraca. ¿No quieres venirte a Alemania para hacer la maqueta del barco y filmar en miniatura algunas escenas? Encantado Werner.
Lo peor está por venir. La producción ha construido una especie de estudio en la jungla, a quien todos llaman selvacittá. Un plató en el último rincón del planeta. En lo más profundo del bajo Marañón. A ocho horas en bote de cualquier sitio. Sin un teléfono a mano. Allí Herzog se pelea con todo el mundo. Con el mexicano Resortes, con un suizo llamado Mario Adolph que salía en las películas de 007, con el divo del Jagger, con Sarah Bloom la vestuarista que se niega a lavar todas las noches el único traje de lino blanco de Fitzcarraldo. Discute también con el jefe de cámara, que es mi amigo Vignati, al que se le han humedecido un montón de rollos tras otro diluvio estival. Robards entra en pánico. Demasiado desorden para un gringo. Se olvida de los parlamentos que Herzog dicta al desgaire y la fatiga lo consume. No come hace días y la fiebre lo consume porque el servicio es deplorable.
La tensión se multiplica. Para colmo los aguarunas-huambisas quieren que nos vayamos. Amenazan con quemar las barracas donde nos alojamos técnicos y actores. Ya me veo huyendo de las cerbatanas envenenadas, entre las corrientes y meandros del río. Tienen razón. No quieren ser invadidos por una recua de crudos que los obligan a cargar un enorme barco de vapor hasta una colina, para luego desbarrancarlo por la otra ladera.
Robards está con fiebres palúdicas y Mick Jagger no soporta la diarrea, el calor, ni la pobre ración de alcohol y de drogas. Herzog hace oídos sordos a los reclamos, para reproducir con el mayor realismo la épica de Fitzcarraldo, pero solo logra que Mick Jagger explote y le lance un contundente mother fucker. Estalla el motín en el plató.
Robards y Mick Jagger rescinden el contrato y se van chutando en la primer bote que pasa por el río. No va más Fitzcarraldo. Entrará en ese limbo de neblina donde descansan las películas que nunca se terminaron, las que jamás fueron montadas, aquellas que nunca serían exhibidas. Las luces de tungsteno se apagan, las cámaras se detienen, los grupos electrógenos dejan de susurrar. Abandono selvacittá. El elenco se dispersa pero Herzog no se amilana. Marcha a Europa, consigue más billete y contrata a Klaus Kinski. Este alemán aventurero y fanfarrón queda perfecto como Fitzcarraldo. Mucho mejor que Robards que nunca se metió en el papel.
Kinski conocía de sobra las extravagancias de Herzog, porque eran amigos desde infancia. Antes habían trabajado juntos en Lope de Aguirre, el azote de Dios. Cómo olvidar a ese conquistador desquiciado en su goleta de harapos invadido por los monos.
Herzog volvió al cabo de seis meses cuando ya nadie lo esperaba. Desechó casi todo el material filmado, rehizo el personaje de Fitzcarraldo y botó al tacho el de Mick Jagger. Prácticamente hizo la película de nuevo. Todas las escenas donde yo salía fueron eliminadas. Qué frustración no verme nunca. Como si todos esos días con Robards, Jagger y la Cardinale, jamás hubieran existido.

La historia de Bibi.
Estaba casi a punto de regresarme, con el pasaje en la mano, cuando un fresco olor de pubertad llegó hasta mi mesa. Una chiquilla del malecón se me acercó mientras tomaba una cerveza y me dijo con su voz menuda: Tú debes andar caliente. Vamos a hacer el amor, papá. No tendría más de catorce o quince años. La observé con detenimiento. Dudé. Era la Lolita de Kubrick, la pretty baby charapa de Louis Malle. La observé mejor. Llevaba una camisa pintada con pájaros y flores, que traslucía el leve volumen de sus tetitas doradas. Bajé la mirada. Un short cortísimo delataba su piel mojada y suave, como de gamitana, y su culo erguido de animal de monte.
Quedamos en vernos en el hotel a la hora de la siesta. La esperé largos minutos. Un calor de los mil diablos que sólo aumentaba la sed, el sudor y las ganas. Abrí las ventanas de par en par, prendí el ventilador, y tocaron a la puerta. Una respiración agitada la acompañó mientras se desnudaba y se metía a la ducha. El agua corrió largamente mientras yo divisaba a través del espejo de la cómoda su quebrada silueta. Apenas se insinuaba el vello sobre el pubis y sus glúteos parecían tensarse por la proximidad entre ambas nalgas.
Mientras se bañaba me tomé el frasco del shamán de Pucallpa. Recordé los cantos que me guiaban en medio de mi bosque, los ícaros que parecían los sonidos de una ópera . Pronto volvió la misma mareación que había sentido con el brujo, mientras Bibi se jabonaba eternamente. El sexo, la selva y la visión. Cerré las persianas y cuando ella se echó sobre la cama me quedé pegado a su piel recién lavada, al sudor vegetal de sus axilas, a la dulce lubricación de su conchita. Absorbí el aroma de cada poro, de cada pliegue. Descubrí los cambios de coloración de su cuerpo de arcilla. Luego quedé deslumbrado por su vientre que terminaba en una carnosa y húmeda flor roja.
Me dejé arrastrar por el camino delirante de los insectos. Busqué la savia, los estambres y la miel. Mordí apenas sus labios como pétalos macizos y compactos. Succioné una orquídea carmesí henchida de placer. Una bromelia dispuesta a expeler hasta la última lágrima. El viento de la excitación arreció las copas de los árboles. Una ráfaga de tiempo. La anaconda se irguió entre las lianas. y las sombras inmemoriales del bosque. En el abismo verde tornasol rugieron las fieras manchadas de deseo, Vino la noche, la muerte tropezó con dos seres copulando y siguió su marcha entre la jungla. Yo me quedé recordando la turgencia de las corolas y los sépalos, el vago perfume de los pistilos. Después de un rato volví a su boca, imitación exacta de la flor que habitaba entre sus piernas.
Al amanecer exclamó: me duele mi chuchita, papá. Finalmente husmeé entre sus nalgas de apretada redondez. Indagué en su culo y fui abriendo el camino con mi saliva. Extenuado me quedé dormido en aquella quebrada prominencia. Cuando desperté ya no estaba Bibi, Ni mi billetera. Pero me habia quitado a Cristina de la cabeza.
En ese momento recordé las palabras del shamán: es un viaje. Déjate llevar por él, que al final ya no serás el mismo. Algo de ti se ha perdido, pero algo encontrarás que no buscabas.

martes, 12 de junio de 2007

Compare usted. Jason Robards y Klaus Kinski como el cauchero Fitzcarraldo. El director alemán Werner Herzog hizo la misma película dos veces.

jueves, 7 de junio de 2007

Los poetas en la gloria

El poeta gordo se despertó con el beso de su mujer. Chau, cholito. No te olvides de mis encargos. Chau corazón. Se limpió las legañas y cerró los ojos de nuevo. Estaba recobrando el sueño cuando timbraron a la puerta. Era el poeta flaco que venía a matar la mañana. Lo hizo pasar y le sirvió un café bien cargado. Si quieres entretenerte, allí está el periódico, le dijo. Tenía toda la intención de volver a la cama cuando sonó el teléfono. Llamada internacional le avisó la operadora. Sintió de inmediato ese aliento suspendido de las buenas noticias. Muchas gracias por avisarme, dijo y colgó. Después sonrío y puso la cara más risueña que tenía. Quiso saltar, bailar, gritar, pero se contuvo. No podía manifestar tanta alegría delante del poeta flaco. Su mujer merecía ser la primera en enterarse. En vivo y en directo. Por algo lo había mantenido todos estos años.

Ahíto de felicidad se metió a la ducha y salió vestido con su mejor tenida ¿Y hoy dónde almorzamos? preguntó con ánimo festivo. El poeta flaco dejó por un momento de hacer el crucigrama, sorbió el concho del café y se rebuscó los bolsillos. Ando aguja, hermano. De pronto los ojos pícaros del poeta gordo relampaguearon y se dirigieron hacia la guía telefónica, como si se le hubiera ocurrido una idea genial. Levantó el fono y discó. Buenos días, dijo con su vozarrón estruendoso. Somos del Universal, de la recién inaugurada página gourmet. Estamos haciendo una serie de reportajes sobre los mejores restaurantes de Lima. Quisiéramos saber si podríamos ir a almorzar hoy. Sí, somos tres personas. Gracias.

Una sonora carcajada cerró la conversación telefónica del poeta gordo. Nos ganamos. Encima hay un festival de comida novoandina. El poeta flaco se sobó las manos e imaginó la sorprendente mesa que le esperaba en la gloria. Unos whiskies para arrancar y hacerla larga. Etiqueta negra. Tomar azul como el presidente es una huachafería. Varias rondas, digo, para amenizar la tertulia y asegurar el decoro de las ideas. Porque no hay como comer en compañía de buenos argumentos y reflexiones sugerentes. De entrada unos rocotos rellenos de setas cusqueñas y coles de bruselas. Nunca repetir un tópico, que cada charla sea una invención, un acto creativo, un despliegue de imaginación. De fondo, un lomo de alpaca en salsa de funghi porcini. Jamás dejar la conversación en boca de un ignorante. A los postres mousse de frambuesas y lúcuma con chocolate bitter. Bienaventurado el que teniendo ideas claras las explaya con estilo y ponderación. Bienaventurado también el que no teniendo nada que decir, se abstiene de expresarlo con palabras. Y claro, un gran tinto riojano para asentar la carne. Podría ser un marqués de cáceres. Un navarro correas 1999. O un riscal. En los tres casos un maridaje de la gran puta.
¿Y a quién invitamos? se preguntaron los dos al unísono. ¿A alguna chica guapa y coquetona? No, si se entera mi mujer me cuelga. ¿A Polanco entonces? El poeta flaco lo llamó a su estudio pero adujo que estaba pintando como loco. Tengo que aprovechar la luz, hermano. Estoy preparando una muestra. Qué lástima. Ni que la luz se fuera a acabar. Momentos más tarde recordaron a Marco pero ahora estaba metido de pico y patas en la academia de la lengua y se había distanciado de sus amigos de juventud. ¿Y Arturo? Arturito vive lejísimos. En el culo del mundo. Solo viene de Chosica una vez a la semana. Y qué te parece si llamamos a Paco. No seas mierda, el pobre se está muriendo... Cavilaron y cavilaron y no se les ocurrió invitar a nadie más.
Ya son las once, dijo el poeta flaco mirando el rólex que había heredado de su padre. A las once todo buen caballero inglés llega al club y se dispara su primer escocés. ¿No tendrás un whiskicito para comenzar? A propósito, dijo remirando el calendario de su reloj. Hoy es 2 de noviembre, día de todos los muertos. Tenemos motivos de sobra. El poeta gordo fue a la cocina y volvió con un tacama a medio abrir y un trío de copas sujeto con los dedos. La tercera es para el finado, aclaró. Que vivan los muertos, cantó el poeta flaco emocionado. Salud poeta. Salud colega.
(Si desea seguir leyendo comuníquese con el autor rodrigoncarvallo@hotmail.com)